La bailarina árabe.
Hace tres años que venimos a este lugar. Poco más de tres que iniciamos esta relación a la que yo, queriendo ser graciosa o realista llamo “pareja en construcción”.
Al principio cualquier propuesta de salida nocturna encerró encanto y misterio.Simplemente lo disfruté. Pero desde hace un año , fecha en que decidimos convivir los fines de semana en un lugar alquilado para nosotros ,las cosas no son tan alentadoras como parecían.
Tal vez fue eso o el aumento de responsabilidades laborales lo que contribuyó a que el misterio declinara significativamente, al menos en mí.
Pero estamos en una playa hermosa de Brasil.
Es de noche, una hermosa noche y decidí apostar a otro momento donde puedan disfrutarse estos pequeños placeres, sobre todo el de nuestras propias compañías,desechando la rutina que abruma u obscurece .
Llegamos al lugar .Un comedor tradicional de la zona al que habíamos bautizado: “el comedor de los papelitos”, por que luce paredes y techos cubiertos de mensajes que deja la gente que lo frecuenta.
La estructura del comedor imita a una barco de madera con ventanas pequeñas .Cada una mesas con sus respectivos bancos están ubicadas una detrás de la otra atornilladas al piso, lo que no resulta demasiado cómodo, sobre todo para tener una visión amplia del lugar.
Había mucha gente en la playa esa noche. Algunos caminando, otros apostados en la orilla , sobre todo las mujeres que esperaban con canastas y bolsas a los pescadores quienes colocaban lo que traían del mar al que habían entrado en sus canoas alejándose sólo unos metros.
Escuché que era una fiesta tradicional algo así como la inauguración de la temporada.
Algo curioso y llamativo que atraía a los turistas que descendían de sus camionetas y autos sólo a mirar o también de aquellos que como nosotros habían decidido ir a comer al bar.
Me senté sobre la ventana, observando el bullicio que armaban las personas afuera.
Recordé que la última vez que habíamos ido a ese bar no nos habían atendido bien, es más nos habían tomado el pedido y nunca habían regresado, por lo decidimos irnos.
Por ello cuando vino el mozo le pregunté de qué lado nos atenderían más rápido.
Con cara desorbitada el mozo , en portugués me decía que no entendía, tal vez mentía. Por lo que Gerardo me interrumpió y ordenó en seguida.
Cuando el mozo se retiró me sugirió no confrontar con él, sin percatarse que no había sido mi intención. Mi duda era legítima, pues veía que del otro lado del salón los mozos atendían con mayor velocidad.
Contra todos los pronósticos, el mozo llegó al momento con el pedido.
Mi visión era muy estrecha, desde el lugar en que estaba sentada, sólo me permitía ver el matrimonio de orientales, el que nunca falta, detrás de G. Más allá en la otra parte del salón otro matrimonio con varios niños,que parecían recién llegados y detrás nuestro una gran mesa con tres parejas, una de mediana edad y otras dos muy jóvenes . Por el volumen en que dialogaban pude escuchar que hablaban en portugués. Eran brasileros tal vez de otro lugar.
Comentamos lo bueno de la comida que nos sirvieron.
Interrumpí alegremente , pues estaban poniendo un parlante en el centro del salón, lo que me hacía suponer que actuarían algunos músicos.
Debí rectificarme, pues irrumpe en el salón una mujer delgada cubierta con un matón., mejor dicho era un gran pañuelo de deslucido color celeste: ¡ una bailarina.... una bailarina árabe, con todo el imaginario de seducción a cuestas.
No sé mucho de esto, pero su atuendo no respetaba las normas del afrodisíaco baile.
Pollera y blusa blanca de encaje con perlas y guantes cubriendo sus brazos.
G, se dio vuelta en varias ocasiones, Decidí no alterarme.
Creo que las brasileras no estaban dispuestas a lo mismo que yo , pues al ver el rostro hipnotizado de sus compañeros y los gritos cuando terminaba cada canción hicieron que se levantaran y comenzaran a deambular del salón al patio, del patio a la playa y luego al salón, del salón afuera sin solución de continuidad.
El japonés y su mujer pidieron inmediatamente la cuenta y se llevaron en bandejas lo que no habían consumido allí.
Iban tres canciones y la propuesta del músico de improvisar otra.
Las brasileras seguían caminando.
Yo sólo comía sin levantar la vista del plato. Miraba fijamente la ensalada, el pescado luego el arroz.
Gerardo, comentándome de las brasileras sin respirar intentaba controlar hasta los bellos de sus extremidades para no despertar ninguna sospecha.
Y sucedió lo esperado: la niña seudo-árabe, avanzó como pudo por el salón entre los resquicios que dejaban las mesas del figurado barco hasta la mesa de los brasileros que gritaban acompasadamente en cada contorsión, a lo que ella agregaba un gesto , como adelantando el movimiento y su correlato: la excitación de su circunstancial espectador.
El más grande de los brasileros le acercó diez reales. Los más jóvenes cinco y dos.
Adelantó nuevamente el goce con su rostro, contorsionó su cadera y siguió su camino hasta el parlante en el centro del salón. Yo sonreía pálidamente esperando el comentario. El cual inevitablemente llegó.
_ Cuantos años tendrá?. Qué bien baila! Dijo Gerardo.
A lo que yo haciendo gala de tolerancia e inteligencia,(anque de ironía-venenosa) contesté: hay alguna relación entre ser buena bailarina y la edad?. Queriendo disimular que las dos cosas, la habilidad en el baile y la edad eran dardos que me llegaban al corazón o al estómago en este momento.
Había comenzado la guerra de guerrillas del lenguaje y el pensamiento, de las ilusiones, del imaginario, del deseo. El final era impredecible.
Y arranqué sin más con el discurso científico.:- Algunos estereotipos culturales pretenden decidir el destino de nuestros quereres. -Me felicité por el tino y el tenor de mi comentario.
Gerardo, quiso apaciguar la tormenta que vislumbraba, diciendo: _ Vos sos distinta_ Estaba haciendo referencia a los celos evidenciado por mis congéneres de ambas mesas.
Tres canciones y un bis improvisado, diecisiete reales decidieron la finalización del evento.
Pagamos y regresamos a la casa en silencio.
Ya en ella preparamos un café como forma de alargar la velada. Lamentablemente Gerardo queriendo hacer un chiste dijo: -El próximo año me busco una linda mujer y la traigo de bailarina árabe-
No podía dar crédito a semejante comentario!. Me arrepentí de no haber leído más a Freud cuando habla del chiste, pero confieso que lo odié a él y a Freud.
Traté de mantener la calma, y contesté: -Porque no empezás ahora, así en una de esas te paga el veraneo con su baile-
Pensé en mi formación, en mis experiencias, en mi edad..... en tantas cosas....Cualquier pensamiento no iba a evitar mi malestar. Me sentía dolida.
Pensé en porque está tan instalado en todos lados esto de que sea la mujer la que provoque al irresistiblemente el deseo masculino
Me dolió, más que nada de él, pues tantas noches, de aquellas, de las interesantes hablamos del lugar de la mujer, del disfrute de ambos, de que ningún ser humano puede complacer totalmente a otro o al menos todo el tiempo....
Me dormí, estaba demasiado cansada.
A la mañana siguiente definí en mis pensamientos varias cosas.
Si no nos entendemos en esto, es decir si puede excitar con tanto misterio una bailarina árabe.. a esta altura cada uno puede hacer lo que quiera., estaba decidida a hacerle sentir mi libertad.
Pensé en los mandatos y me puse a limpiar . A hacer varias cosas en la casa hasta que me alcanzó un brutal rayo de sol y decidí ir a la playa. El me siguió callado.
Caminamos hasta la playa más cercana..
Estiré mi lona, me puse un poco de crema y me acosté escuchando el sonido relajante del mar.
Me sobresaltó la llegada de un gran grupo de brasileros con su acostumbrado despliegue de conservadoras, sillones, y gritos.
Las más jóvenes del contingente , se parecían mucho a la bailarina árabe.
Su contextura grácil, su cabello ondulado y su cara inexpresiva, aquella que adelantaba con un gesto el posible goce masculino como respuesta a sus contorsiones.
Eran unas simples chicas tratando de acomodarse para disfrutar de la playa y pensé qué será hoy de aquella bailarina?.
Todavía no me había repuesto de su chiste, por lo que hacía observaciones ácidas como manera de escapar y reafirmar mi enojo o demandar una atención exclusiva de su parte.
En otras ocasiones, él me habría criticado esta actitud y me hubiera descalificado diciendo que era un peregrinar interno estéril,que lo único que demostraba era una manera de competir mujer con mujer. El hombre allí queda fuera, me habría dicho.
Golpeaban en mi cerebro las frases que había leído en estos días, por ejemplo:
“El amor es una sombra, como miente y lloras en su pos” ( de Sylvia Plath).
O aquella de Michel Foucault: “El saber no ha sido hecho para comprender , ha sido hecho para hacer tajos”.
O la otra, terrible final, de “la mujer rota” de Simone de Beauvoir: de aquella mujer que queda sóla y sin proyecto y exclama: “tengo miedo”.
Me dejé llevar por las sensaciones, el sol me encandilaba demasiado para pensar.
El ruido del mar me atrapó, el agua suavizó mis pies, la arena me raspó un poco.
De un barcito improvisado en la duna, salía una canción de Chico Buarque: “a pesar de vocé a manhá há de ser outro día...”
Necesité atrapar el paisaje dentro mío. Eternizarlo en mi interior, perpetuar al infinito esas gratas sensaciones, alejar la angustia, buscar imposibles.